Reseña: Tokio Blues de Haruki Murakami

tokio

“And when I awoke I was alone
This bird had flown
So I lit a fire
Isn’t it good Norwegian wood?”

The Beatles

  • Reseña

La historia de Murakami gira en torno de Toru Watanabe, quien deja su provincia para trasladarse a estudiar teatro en la capital. Casualmente en esta se encuentra con Naoko, la novia de su fallecido amigo Kizuki y comienzan una relación de compañía, donde la tragedia compartida los une.

Naoko es una chica atractiva y frágil, la tragedia vivida ante el suicido de su adolescente novio la deja aislada de una vida social activa y encuentra en Toru su único contacto con el mundo “real”. Sin embargo, esta desaparecerá de la vida de este, quien de forma desesperada buscará encontrarla hasta saber que ella se encuentra en una casa de campo, tratando de mejorar su estado emocional.

En el transcurso de sus estudios, y paralalemente, Toru se ve abordado por Midori, una chica desinhibida y extravagante, que acompañara a nuestro protagonista en su soledad.

Es así como el conflicto amoroso se plantea y nuestro personaje se verá dividido entre quereres y obligaciones. Los personajes hermosamente narrados por Murakami  se presentan como adolescentes desbordados por la soledad, donde podemos verlos dar los primeros pasos al mundo adulto empapados de acordes musicales y sexualidad.

Esta obra, si bien es narrada a finales de los 60 en Japón, entiendo que podría acontecer en Noruega o en Buenos Aires, otorgándole al libro un carácter universal, donde los lectores podrán fácilmente sentirse identificados con la trama y los sentimientos de los protagonistas.

Protagonistas que recorrerán las páginas dotando sus preocupaciones y angustias con una indiferencia y resignación, muchas veces con un cinismo, que por momentos me hizo recordar El Extranjero de Camus.

Entiendo que cada personaje describe una arista de lo que nosotros como adolescentes solemos experimentar, tristeza, bríos, angustia, esperanza, desolación, miedo, valentía, angustia, y es en este caótico océano donde deberán erigirse los pilares del adulto que seremos.

“A veces me siento como el portero de un museo. Un museo vacío, desierto, que ya nadie visita. Y yo lo custodio exclusivamente para mí.”

La creencia indefectible de que la soledad es inherente al ser, donde los personajes se encuentran muchas veces abatidos y resignados a una existencia donde la mediocridad parece aceptable, ya sea por empatía o reflejo, deja en el lector un sabor amargo en el paladar.

Como conclusión, si bien este es un libro que se diferencia de la obra del autor, donde lo onírico de su obra da paso a una realidad abrumadora, veremos personajes de una fragilidad emocional que estaremos esperando que se quiebren en cada vuelta de hoja, y sin embargo, son desarrollados de forma tan armónica, tan dulcemente atractiva, como si de una canción de los Beatles se tratará.

 

 

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