El lobo de mar de Jack London

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Nada de que lo que lean a continuación tiene el menor atisbo de objetividad. Hecha la aclaración, procedo a afirmar que Jack London es, sin lugar a dudas, uno de mis autores, no solo más leídos y presentes, sino también uno de los que me dejan trastocado el cerebro.

El problema es este, me permito hacer un preámbulo un poco más extenso, soy una persona usualmente inquisitiva en cuanto a mi proceder y creencias; creo en poco porque sospecho de todo, sobretodo de aquellas cosas que me llevan al ostracismo o la servidumbre.

¿Por qué pongo estas dos palabras en juego?, porque discrepo con la forma de la vida moderna y porque creo que esta forma de vida nos ha llevado a ser más dóciles, menos aventureros, nos ha imposibilitado o al menos coartado la posibilidad de crecer en aspectos que entiendo vital para el desarrollo del ser como ser.

Dicho esto, mi otro yo, el dócil y seguramente más snob,  discrepa con lo anterior y acepta. Entonces una vez más dos visiones en un mismo ser chocan permanentemente entre el inconformismo de no aceptar las condiciones reinantes y el otro que está contento con el sillón y Netflix.

El lobo de mar de Jack London, trata de forma maravillosa y simbólica esta permanente contradicción.

Por un lado tenemos al señor Humphrey van Weyden, caballero instruido y perteneciente al mundo reducido de la literatura, espiritual, moralista. Por otro lado, Lobo Larsen, capitán del Fantasma, materialista, brutal e inteligente, autodidacta, pragmático.

El primero resulta accidentalmente cautivo del segundo y expuesto a una filosofía de vida donde prima la supervivencia, donde el fuerte triunfa, donde no hay lugar para la moral o al menos es cuestionable, donde los principios de eternidad y alma entran en permanente discordia con el ser y el ahora.

London sigue el argumento trazada en La llamada de lo Salvaje, expone al lector a la aventura pero también a cuestionarse que debemos anhelar como seres. Es conocido los rasgos Nietzscheanos de sus argumentos, sin embargo, prefiero usar una relación más cercana a nuestros tiempos, Jack London traza el camino de lo que después fue nuestro querido Tyler Durden.

Encuentro intrigante la exaltación de lo primitivo como voluntad imperiosa de lograr un estado más elevado, vivir sin el adorno de las convenciones modernas, de los tratados sociales y me cuestiono lo difícil de trazar la línea que divide el bien del mal.

La historia sufre un vuelco con la llegada de la señorita Maud Brewster a bordo. A este contrapunto de hombres se agrega un elemento femenino y más allá de su género y sus potenciales ramificaciones, le agrega un elemento que tuerce la historia…el amor.

Seguramente el estado más puro y de mayor importancia que el ser humano puede anhelar, retratado en la historia con los principios del amor cortés del medioevo, donde la mujer se acerca más a una divinidad, a un ser perfecto y capaz de exaltar las mayores y más puras pasiones del ser.

La señorita Brewster es la personificación de la redención a través del amor, de la valentía que despierta en el corazón del enamorado, de la ciega convicción que todo es posible cuando dos seres se encuentran, sin importar las circunstancias, ni los flagelos, el triunfo es inevitable. 

Valverde y Riquer en su Historia de la literatura universal exponen que la prosa de London no es la más refinada de sus contemporáneos pero también dice que es palpable su “vital espíritu de rebelión”.

Si me preguntan a mí, sacrifico sin titubear una prosa aterciopelada por una aventura que me despierte la pasión que London despierta en cada una de sus historias.

Si me preguntan a mí, la rebelión debería estar tatuada en cada célula de nuestro ser, y si así fuera, seguro llevaría las palabras de London.

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