La casa en el agua

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Soñé con una bicicleta de color naranja metálico, herrumbrada en el manubrio y de pedaleo chirriante. Se parecía mucho a la que mi abuelo usó antes de morir. La llevaba a todos lados; hacía los mandados, paseaba por la rambla y los días que yo estaba en la escuela, él pedaleaba con urgencia para jugar a las bochas en la canchita de la iglesia. Los fines de semana yo iba a verlo jugar pero me llevaba en su Renault 12 rojo. Los días de verano el auto se llenaba de calor haciéndome sentir mal del estómago. Solo de recordarlo siento un fuego en el pecho y las arcadas vuelven. Creo que es por eso que aprendí rápido a andar en bici, para acompañarlo. Luego mi abuela murió. Murió sin que lo esperáramos, como pasa con la gente buena. Mi abuelo no volvió a tocar la bicicleta nunca más y yo me resigné al Renault 12.

La bici del sueño tenía un canasto al frente y una parrilla atrás, como la de mi abuelo; la única diferencia es que en el canasto onírico había una señora sentada y en la parrilla un vagabundo y como si fuera poco, también un hombre alto, altísimo. Yo pedaleaba. La señora era una mujer obesa – me recordaba el armario de mi abuela -, tenía una barba larga y desalineada, con pequeños huecos de piel donde ya no crecía el pelo. Los numerosos pliegues de su panza chorreaban entre la malla del canasto hasta tocar las ruedas de la bicicleta. Con cada pedaleo el olor a goma y carne quemada se hacía más fuerte, sin embargo ella no parecía enterarse. El vagabundo era todo lo que se espera de un vagabundo. Ropa a jirones, zapatos unos talles más grandes de lo necesario, cordones desatados y, por supuesto, sin rostro. En su cara no había un solo rasgo excepto una nariz llena de pozos de un color violeta. De alguna forma hablaba pero todo esto sin boca, sin gestos, y aun así todos le entendíamos. Se lo notaba feliz como un buda. Otra cosa era el hombre alto. Vestido con un frac de cola a la medida, su cuerpo parecía no terminar nunca. Flaco hasta los huesos, se podía ver las venas azules recorriéndole la frente y los pómulos. Tenía una mirada seria y unos labios finos y rojos. Se movía como si fuera una marioneta. No parecía conversador. 

La señora no paraba de gritar indicaciones sin sentido y muchas veces contradictorias que yo seguía al pie de la letra. A la izquierda, a la derecha, al frente; con cada grito yo esforzaba mi pedaleo con la disciplina de un niño al que lo han encontrado robando las monedas de la abuela y quiere volver a ganar la gracia materna. A veces me paraba en los pedales para avanzar más rápido, otras me sentaba para poder descansar, pero siempre cuidando de mantener la velocidad suficiente para no perder el equilibrio. El chirrido del pedaleo era insoportable, pero ayudaba a tapar la voz de la señora.

-Psss…psss… ¿siempre es así? –  le pregunté al vagabundo, cuidando de no ser escuchado.

– Hace mucho. En otros tiempos su barba era frondosa y hermosa. La acicalaba todas las mañanas con jugo de manzanilla y jazmín. – a medida que el vagabundo hablaba iba perdiendo pedazos de su cuerpo, primero fue el brazo izquierdo, ¡puff!…se le despegó del tronco y cayó – Ella estaba orgullosa de su barba, pero el hombre forzudo la envidiaba. Cómo estos dos habían terminado casados, nadie lo sabía, pero juraban odiarse en la salud y la enfermedad. Una noche sin luna el hombre forzudo vino a cortársela…

-¿Qué cuchichean ustedes?…

– Nada señora, le estaba preguntando al muchacho alto cómo se llamaba.

– ¿No te das cuenta que no habla?…girame a la izquierda acá querido.

Y giramos a la izquierda…

-Me decía – cuando me volví para retomar la conversación el vagabundo ya había perdido la pierna derecha y la nariz.

– Cuento corto;  él quiso cortarle la barba. Ella que dormía siempre con un ojo abierto, se despertó a tiempo y lo mató con las mismas tijeras que iba a cortarle su barba. La sábana blanca se empapó de sangre. Ella la lavaba a mano todas las mañanas sobre las piedras del río, pero jamás volvieron a ser blancas. Con cada intento fallido ella se arrancaba los pelos de la barba con sus manos regordetas. Lloraba la pérdida del hombre forzudo tanto como la de su barba. Desde ese momento, anda así, de izquierda a derecha.

-¿Y usted?…que hace acá.- Le pregunté al vagabundo, mientras nos despedíamos de su brazo derecho y la otra pierna. Solo quedaba un tronco palpitante suspendido en el aire.

-Yo soy el primero en bajarme. Vine a acompañarte un rato, porque era el único que podía contarte parte de la historia, pero con cada pedaleo, vos me perdés y yo no puedo encontrarte. Ya es hora de que me vaya. Recordá siempre que la casa en el agua fue hecha para vos y solo para vos. Ella va a tratar de convencerte de que tenes que quedarte a su lado, pero no es así, la casa es tuya. Tomala por asalto si es necesario.

Y así, desapareció. El muchacho alto se encogió de hombros y sus finos labios se curvaron hacia abajo.

-¿A dónde se fue? – gritó la señora.

– No sé señora, se fue-. Me escuché responder un tanto irritado.

-Todos me dejan, pero vos no. Vos no. Ni se te ocurra. Dobla a la izquierda, no no no, a la derecha.

-Señora, ¿a dónde vamos y qué es la casa en el agua? – dije seco.

-¿Quién te habló de eso? Fue ese vagabundo de morondanga, no? Todo mentira, no existe esa dichosa casa.

-Sí, existe – dijo el hombre alto.

-Vos calladito querido, que calladito sos más bonito.-

-Sí, existe – insitió el hombre alto con una voz monótona.

-Vio…digame a dónde queda o no pedaleo más. Izquierda, derecha, al frente, usted no tiene la más remota idea de hacia dónde vamos. No sabe, o lo que es peor, no quiere decirme. Dígame ya. La casa. Ya. – mi voz tenía un timbre muy parecido al chirrido de los pedales.

-No, prefiero bajarme que decirte.

-Bajese entonces.

-Ingrato. Acá me bajo, pero ayudame que no salgo del canasto.

– No, no quiero dejar de pedalear. Usted se metió en el canasto, usted sale solita.

Apoyó sus dos manos en el borde del canasto y haciendo mucha, pero mucha fuerza, pudo destapar sus enormes nalgas. Tambaleándose como una funambulista, logró pararse en el manubrio, evitando pisar mis manos. Por primera vez noté que sus pies eran diminutos y deformes. Solemne se quedó mirandome con los ojos entrecerrados y tristes. Saludó con un movimiento pendular de la palma de su mano y se mantuvo en silencio por un momento. Al ver que yo no reaccionaba, resignada, saltó al vacío dejándome a solas con el hombre alto.

-¡Que señora insoportable! ¡Por favor!- Giré para hablarle – Y Vos…vos hablas al final. Pensé que no. ¿Me vas a decir quién sos?

– Yo soy el conde Chevalier – e hizo una breve reverencia estudiada y cómica.

– Y estás acá porque…

– Tu problema es exactamente ese. Vos pensás que todo tiene un propósito, una agenda, un tiempo, un espacio. Así es como el tiempo, el espacio, la agenda, se te desgrana como tierra seca en las manos. Y te quedas con tus lágrimas, pensando qué podrías haber algo distinto, regodeándote en tu barro, esperando que todo vuelva.

Sus palabras me disgustaron. Recuerdo soñar cómo el enojo iba subiéndome por las piernas que no paraban de pedalear. Sin saber qué responderle, porque parecía conocerme, quise saber más:

-¿Qué es la casa del agua?

-¿Qué te gustaría que fuera?

-No sé, dígame usted ya que me conoce tanto.

-No. Decime vos. ¿Qué es para vos la casa en el agua? ¿Escuchás? Son las olas rompiendo en el muelle. ¿Qué es para vos la casa en el agua? ¿Escuchás? Son las voces que te llaman. ¿Qué es para vos la casa en el agua? Y eso es lo último que recuerdo. La vibración del celular contra la mesita de luz me despertó.

Medio dormido, medio despierto, atendí. Del otro lado escuché la voz de mi hermano que bostezando me dice: Che, Santi, no sabés lo que soñé.

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