Pecados mundanos

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Escuché dos golpes secos en la puerta. Vinieron más rápido de lo que esperaba. La voz de mi mujer subía apurada a través de las escaleras, y tras de ella otra le hacía eco.  No podía distinguir qué decían. Antes de entrararan  a la habitación escuché la voz de mi mujer que decía: ahí está, ahí está, no sé qué tiene. El que estaba ahí era yo. Boca arriba, con los brazos abiertos en cruz y en silencio. Tenía la mirada extraviada sobre un techo que recordaba abovedado y blanco. Extraviada no es la palabra exacta,  porque la posibilidad de encontrarme era nula. Sospecho que inerte es más precisa, dado que mis ojos se encuentran abiertos, pero sin vida. Desde las cuatro de la mañana me encontraba ciego – hubiera sido mucho más literario que esto hubiera sucedido a las tres y entremezclar el drama cotidiano con la simbología divina, pero no quiero herir el relato de ficción -, mis ojos se movían, los sentía moverse de izquierda a derecha, de abajo hacia arriba, pero solo veía una cortina blanca y hermética.

Voy a tomarle la presión y la temperatura – escuché una voz masculina con ese aplomo que da el título universitario colgado en alguna pared. Sentí los dedos finos y fríos alrededor de mi brazo. – La presión está bien -. Luego el termómetro en mi axila. – La temperatura también -. Un rápido silencio llenó el cuarto y mi cabeza se fragmentó en diez mil situaciones distintas. Es un ACV, o un problema cardiovascular, sobrecarga muscular que contrae las cervicales e imposibilita la visión, algún problema en el oído, o peor aún, la gran C. Oía a mi corazón latir en las sienes a una velocidad demoledora  y sentí que su desesperación se apoderaba de mi pecho,  de mis brazos, de mis piernas, que no dejan de temblar bajo el mismo ritmo. –Tranquilo, va a estar todo bien – escuché decir al doctor. Mi mujer lloraba en forma discreta.

Respiré profundo, ocho segundos de inspiración, lo contengo cuatro en el diafragma y dejo que se escape por mi boca en seis segundos. Ocho, cuatro, seis. Ocho, cuatro, seis. No seas cagón me dije. ¿Te parece que Jhonny Depp se desesperaría así por una boludez como esta?, ¿Tyler Durden no te enseñó nada de nada? Aquiles sabía que se iba a morir y aun así fue a Troya. ¡No seas cagón! Ocho, cuatro, seis. Ocho, cuatro, seis. Escuché pasos retirarse de la habitación. Volví a quedarme solo. Las voces nítidas se convirtieron en murmullos que llegaban a mí como olas temblorosas entremezcladas entre timbres finos y monótonos. Otra vez, el corazón, pum pum pum. A la mierda el ocho, cuatro y seis. Si hubiera estado parado, me hubiera caído de rodillas. Pensé en dios – o Dios, no lo sé, siempre dudo con esa mayúscula -, cuando era estudiante solía rezar un padre nuestro antes de cada parcial para que me diera suerte. Jamás pedía salvar, sino que me diera la posibilidad de demostrar lo que sabía, me parecía un trato justo. Empecé a repetir con voz solemne hacia mis adentros “Padre nuestro que estas en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros…”. ¿Venga a nosotros tu reino o sea hecha tu voluntad?  ¿Se enojaría dios/Dios si salteaba hasta la parte en que le pido? Prometí que si salía de esta iba a dejar de fumar porros con el vecino adolescente a escondidas de mi mujer , que iba a colaborar con las tareas domésticas – colaborar no es una idea deconstruida, si las tareas son de los dos, no estoy colaborando, son mi responsabilidad también; vamos de vuelta – iba a hacer la misma cantidad de tareas domésticas que ella, dividir todo en dos, iba a dejar de tirarle onda a la vecina pendeja del 5C que me sonreía en cada cruce por los pasillos, iba a dejar de masturbarme cuando me bañara, también iba a llevar a Marquitos los martes y jueves a las prácticas de ballet aunque mi jefe me mirara con ojos desorbitados porque todavía quedaban cosas pendientes. Los pecados mundanos que se acumulan en la rutinaria consciencia. Iba a hacer todo eso y más, pero dios/Dios tenía que ayudarme a salir de esta. En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo. Amén.

No me había percatado, pero los pasos habían vuelto.  Mi señora ya no lloraba, pero me di cuenta que yo sí. El doctor me tranquilizó, me dijo que era un episodio de estrés. Qué me iba a pasar un tranquilizante y que cuando me despertara todo iba a estar bien. Yo respiré profundo y volví a meter un moco en la nariz que estaba encaprichado con caerse sobre el labio. Sentí la aguja en la vena, y el líquido naufragar en el torrente, la sentí subir por el brazo, bifurcarse hacia el pecho y el cuello, bajar hasta la planta de los pies que ya los sentí adormecerse.

No sé cuántas horas después abrí los ojos y el techo se materializó blanco. Lo recordaba más blanco. Con menos manchas de humedad, algunas ya grandes como enjambre de hormigas. Me incorporé lento, pensando cada movimiento, me sentí un muñequito de Lego –de esos con los que juega Marquitos – con movimientos acotados y geométricos. Mis manos estaban ahí, mis pies también. Decidí aventurarme y me incorporé sobre el piso flotante de color caoba. Una leve presión en la sien, pero había ganado la vertical con cierta facilidad. La ventana se encontraba apenas abierta y una brisa hacia bailar una bola de pelos que por su color debía ser del perro. La seguí con la mirada. El sol me pegaba en la cara, por la vereda pasaba una familia con tres hijos varones. El menor de ellos dormía  a upa del padre, los otros dos jugaban carreras en idénticos monopatines. El gris de las casas ajadas me resultó maravilloso y cortaban la monotonía de  un cielo celeste y límpido. El cielo más claro que vi en mi vida. Escuché la voz de mi mujer a mis espaldas y la vi. Ojos verdes, ojerosa, se notaba su cansancio. El pelo negro recogido dejaba entrever sus canas. Le sonreí y saludé. –Qué linda estás – le dije. Me abrazó tan fuerte que pensé que las costillas iban a romperse.  Así deben sentirse los combatientes que vuelven del horror, así deben sentirse los marinos que después de una tormenta ven despuntar la calma.

Todo esto ocurrió hace dos semanas – ojalá hubiera sido otro número, algo más significativo, nueve días…Dante, los círculos, el infierno, zaraza, pero qué linda zaraza -, pero no, pasó hace catorce días. Número aburrido – solo recuerdo un cuento de Tomás de Mattos donde hay catorce puñaladas, pero creo que no aplica a lo que estoy diciendo -. Pero hoy me dieron ganas de escribirlo. Lo escribo desde la oficina que establecí en mi casa, mientras imagino a Marquitos intentando mejorar su tendu; lo escribo a la espera de un mail de mi jefe que quiere unas gráficas en Power Point para presentar a un potencial nuevo cliente –no tengo que olvidarme que tienen que ser de color magenta -; lo escribo con el sudor en la piel de un día hermoso que solo percibo a través de los rayos que se filtran por la persiana baja, lo escribo previo a bañarme y con la imagen de la vecina del 5C cosquilleándome en los dedos.

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